El humo que nunca se disipa: radiografía de un negocio que respira sobre los muertos
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Hay una tensión antigua en el corazón de toda actividad humana: aquello que nos resulta útil no siempre nos resulta bueno. La filosofía clásica ya lo advertía. Aristóteles distinguía entre el valor de uso y el valor de cambio; los escolásticos debatían sobre el "precio justo"; y los utilitaristas —Bentham, Mill— intentaron medir el bienestar sin preguntarse demasiado por quién paga el costo. Pero en la práctica, la pregunta se reduce a algo más crudo: ¿cuánto vale una vida humana frente a la rentabilidad de un negocio?
El dinero, en su forma más pura, no es bueno ni malo. Es un medio de intercambio, una tecnología social que permite coordinar esfuerzos, medir valor y distribuir recursos. Sin embargo, cuando el dinero deja de ser un medio y se convierte en un fin en sí mismo, la lógica se invierte: lo práctico se vuelve perjudicial, y la necesidad de ganancia se impone sobre la necesidad de estar vivo.
Eso es exactamente lo que ocurre con la industria tabacalera. No se trata de un simple comercio de un producto dañino —eso existiría de todos modos, como existen el alcohol o el azúcar en exceso—. Se trata de un sistema en el que la muerte del cliente no es un accidente, sino una condición innata del negocio. Cada cajetilla vendida es un ingreso contable; cada fumador que muere es un cliente que ya no comprará. La industria necesita, por lo tanto, reemplazarlo. Y lo hace.
Esta es la filosofía práctica que sostiene el negocio del tabaco: el dinero justifica el medio porque el fin —la ganancia— es lo único medible. Lo perjudicial no aparece en el balance general. Las 8 millones de muertes anuales aproximados son un dato externo, una "externalidad", un costo que nadie contabiliza en la hoja de resultados. La necesidad de dinero —de rentabilidad, de crecimiento, de dividendos— se convierte en una fuerza que arrastra todo lo demás.
El filósofo Hans Jonas lo llamó la "heurística del temor": solo cuando imaginamos las consecuencias más extremas de nuestras acciones empezamos a comprender su verdadera naturaleza. Aplicado al tabaco, significa esto: no podemos entender el negocio del tabaco si no miramos directamente a los cuerpos que destruye. La economía sin ética es una contabilidad de la muerte.
la filosofía de lo práctico y lo perjudicial, es la base del negocio del tabaco no va a desaparecer mañana, pero su futuro ya está escrito; lo práctico lo sostiene hoy, lo perjudicial lo limita mañana. Dueños y consumidores comparten ese destino, aunque lo vivan desde lados opuestos del mostrador.
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